Semilla negra

Andan soliviantados los garrulos,
presumo que por mor de su estulticia;
es bueno que emborrone la avaricia
su rédito, egoista en grado sumo.

Se agarran con ardor a sus contactos,
les piden sin rubor: “quéhaydelosuyo”
el resto de ese cuento ya lo intuyo,
lo quieren con urgencia, ipso facto.

Fiaron su interés a una quimera,
la guía del quehacer inmobiliario;
el grueso del poder, asuntos varios,
haciendo sus castillos en la arena.

Llegaron vacas flacas a la orilla
del pasto tantas veces esquilmado,
que ya no daba fruto lo plantado,
pues era más que negra su semilla.

Idus de marzo

No hay nada peor
que los buenos augurios
obsequiados por los labios infalibles
del oráculo.
Tendida esa trampa… cae un trono, un amor…
y calla, para siempre,
la alegre balada del tiempo.
Prevenido estaba el asesino
de la fecha que más convenía a su propósitos
para asestar tal lanza de masacres,
precisamente un idus de marzo.

Prohibido soñar

Me gusta la ciudad recién barrida
a la hora en que el lucero del alba
desinfecta cada esquina y cada acera
con sus yodos rubicundos.

Me siento el centro del mundo
sin nadie que me entretenga,
salvo ese infeliz vagabundo
al que el policía de turno
tiene prohibido soñar.

La inclemencia

Nadie puede plegarse a mis deseos
cuerdamente,
pues atado está mi corazón a la inclemencia.
Yo lo alimento, ahora ya de tarde en tarde,
tan sólo base de narcóticos;
pero a ese veneno agridulce
no quiere renunciar el muy canalla,
que cada vez pide más…
Y, cuando no duerme la mona de alguna noche
Interminable, se entretiene en remorderme
la conciencia.

La Ignorancia

La ignorancia puede ser muy atrevida,
la estimulan esas leyes del mercado.
Todo vale mucho menos de su precio,
todo cuesta mucho más de lo pactado.

Se cree rico el que tiene cuatro cosas
y aún más rico el que vive de prestado,
hasta el pobre se compara con el preso
y se siente ciertamente afortunado.

Los que ordenan este caos salen ilesos
de accidentes que ellos mismos provocaron,
luego cambian los collares a sus perros
y reparten entre ellos lo ganado.

Para hacer la justicia sobran sesos
y es tan cómodo mirar para otro lado…
Que a los jueces les pongan orejeras
y algo, al menos, habremos mejorado.

Bandera blanca

Bajaste de mis ojos a la calle
a que te diera el aire, dijiste,
pues tuvimos otra discusión
acalorada.
Yo fregué los platos mientras tanto
para entretenerme un tiempo y convocar de paso
al dios de la limpieza.
Volviste más linda, aún si cabe,
con la sonrisa izada en tu boca
como una gran bandera blanca.

La táctica del avestruz

Se está poniendo de moda el insulto,
la acusación sin pruebas,
(e incluso con pruebas de todo lo contrario)
el linchamiento moral, la lapidación impúdica,
el esperpento judicial, la astracanada ruín
auspiciada por los mass-media y sus desvergonzados
prebostes financieros.
Y ante tanta felonía compulsiva
¿qué propone el ciudadano de a pie, más o menos documentado?
La táctica de la avestruz
en el mejor de los casos,
cuando no la cobarde sumisión
de su conciencia.

Metadona

Conocí a una mujer helicoidal,
mirarla era como bajar una escalera
de caracol.
Cada vez que me la cruzaba
entraba en un estado catatónico
del que sólo conseguía salir
poniéndome cabeza abajo.
Un día en el resbaladizo peralte
de una de sus curvas, pasé varias horas
recayendo como un yonki
en la acera tras un mal chute,
ahora el resto me parecen metadona.

Ripios

Cuando salgo los sábados de noche
a buscar el amor recompensado,
acicalo con primor mi decadencia
y saludo a otros ojos descarriados.
Me hago nudos en corbatas pizpiretas,
como un dandi al que hubieran descastado,
y sorteo sin rubor a proxenetas
que me informan de los precios del mercado.
Luego elijo, sin ceder a la impaciencia,
una musa que presuma mi calado
y la sigo hasta el tálamo que infecta
de venéreas sensaciones su brocado.
Una a una la desvisto de sus prendas,
ella suele recelar de tal cuidado
y me mira de soslayo la entrepierna
por si ya hubieran crecido los enanos.
Se hace cruces cuando ve que me detengo
a aspirar sus humores más mundanos
y me apura aduciendo tanta urgencia
que no puedo resistirme a su pecados.

La escuela de la vida

En la escuela de la vida
uno aprende más bien poco.
Nacemos desvalidos como insectos,
a merced de un mundo depredador
al que algunos resistimos
por millones de cuidados.
Luego nos dan un carnet con el que dicen podemos
ir a cualquier parte, siempre y cuando
nos presuman la inocencia.
Tarde o temprano, casi todos, nos doctoramos en la ciencia
de pisar al que está debajo
y nos gusta esa sensación.
(Al margen de que suele proporcionar
cuantiosos dividendos)

En cambio
los insumisos, que se niegan a tal oprobio,
acaban defenestrados y reciben la compasión
sino el desprecio
de los mismos que salvaron de esa afrenta.