Para explorar la soledad
y sus razones
basta un domingo de agosto
en una ciudad sin mar…
dejar al sol que siga cualquier pista
de unos pasos sin rumbo
que andan
sin moverse de su sitio,
bebiendo en cada fuente de la nada
a sorbos
el licor de la tristeza,
llevando por la calle como un lastre
la amargura de preguntas
sin respuesta.

Para encontrar a la terrible
soledad basta perderse
en la espesura de una selva
urbana,
lejos de la playa y sus asuetos,
patear los parques deshuesados
de la memoria y estoicamente
así pasar la tarde
bajo un aire grasiento acribillado de palomas
mientras cuentas las horas que te quedan
para volver de nuevo a la guarida
como cualquier otro animal
doméstico.