De las insidias uno aprende
quizá más que de las loas,
aquellas son el retrato cóncavo
de la envidia puestas frente al espejo
de lo ajeno,
estas reverberan sin rubor
el sonido hueco de una falsa
vanidad,
esa mentira que todos queremos creernos
y a menudo nos contamos
íntimamente,
solos o en compañía de una amante
suficientemente
enamorada.