Son silenciosos como banqueros
cuando atracan el estado del bienestar,
sibilinos como anticuarios
valorando un cáliz de plata,
taimados como chacales
en vísperas de un festín…
así mis dedos desgranan el rosario
de los días que faltan
para tocarte de nuevo,
mientras yo maldigo entre dientes
la inmensa extensión
de ese cruel calendario.
El rosario
Tu culito
Que no te hagan el amor
al menos tres veces al día
es un insulto imperdonable
a la belleza.
Un monumento colosal al desperdicio
que no repasen tu epidermis
cada segundo
varios millones de labios.
Porque hasta el aire da la vuelta
en tu culito
para después suicidarse
y no volver a sentir un vértigo
tan espantoso.
Al pan, pan y al vino…
Tensaste las niñas de tus ojos
como si de una comba se tratara,
para evitar mi último salto dialéctico
y de poco te sirvió.
De sobra sabes que me gusta llamar
a las cosas por su nombre:
pan al pan y al vino, vino…
Y aunque jamás comí ni bebí nada tuyo,
aún tenemos asuntos esenciales
que, muy a pesar mío, nos conciernen.
Así que puedo mirarte de frente
y si quieres marcar de nuevo alguna carta
hazlo sin poner excusas,
que yo no soy ningún tahúr
y la vida no es un juego.
Bienaventurados los inútiles, porque ellos gobernarán la Tierra – Políticos
por Sam Weller
Capítulo 2: Políticos
Vivo en un país en el que el fraude fiscal compite con el fútbol por ser deporte nacional, y que está entre los mejores del mundo en piratería por Internet ó consumo de pornografía infantil. No entiendo cómo alguien puede extrañarse de que nuestros políticos actúen con la carencia de escrúpulos a que nos tienen acostumbrados. ¿Acaso pensamos que son personas que han aparecido aquí por generación espontánea, aislados del resto de nuestra sociedad? ¿Los trajo la CIA tras la muerte de Franco a fin de justificar una futura invasión? ¿Provienen quizá de un universo alternativo donde no se
deben mezclar nueces y avellanas? (Había pensado escribir manzanas y peras, pero no quisiera herir los sentimientos de la señora Botella).
Por triste y bochornoso que nos pueda resultar, nuestros representantes son nuestro reflejo, y no hay más. Han estudiado en nuestros colegios, han pisado nuestras iglesias (no la mía, pero eso no viene al caso), han bebido nuestra agua y han cantado nuestros goles. Lo único que los distingue de la mayoría de ciudadanos es la posibilidad que se les presenta, gracias a su cargo, de meter la mano mucho más hasta el fondo de lo que cualquiera de nosotros puede llegar a imaginar. Sé lo que estáis pensando ahora: “yo no soy así y, si estuviera en su lugar, actuaría de otra manera”. Estoy seguro de que es cierto, dado que en este blog sólo aterriza gente de bien, pero, al igual que una caja de aspirinas no cura el cáncer, unos cuantos individuos honestos no bastan para nivelar la balanza en un país corrompido hasta las trancas.
En cualquier caso, aquí venimos a hablar sobre inutilidad, y no sobre corrupción, así que no nos desviemos del tema.
¿Por qué tenemos la impresión equivocada de que nuestra clase política está plagada de zoquetes que no saben hacer nada, aparte de robar? Todo se reduce a un fallo de interpretación. Nadie ha dicho que un político tenga que dedicarse a buscar soluciones. Tenéis que entender que, si lo arreglasen todo, se quedarían sin trabajo. Lo que un buen dirigente debe hacer es, simplemente, cambiar los problemas de sitio, y en eso, en cambiar los problemas de sitio, los nuestros son los mejores políticos del mundo. Por ejemplo: si hay un problema con la Patronal, se puede solucionar perfectamente trasladándolo a la clase trabajadora; ¿Qué el enfrentamiento es con la Banca?, apretemos a la clase trabajadora; ¿Que Europa nos toca las narices?, a putear a la clase trabajadora. ¿Veis cómo no es tan complicado? Este procedimiento se puede repetir ad nauseam durante cuatro años como mínimo, sin que nadie se dé cuenta de que, en la práctica, depositar un voto en una urna se parece demasiado a apostarle cinco euros a un trilero, convencidos de que sabemos dónde está la bola, cuando la bola hace ya un rato que está incrustada en nuestro culo.
Para que nadie me llame pesimista, he de reconocer que estos últimos días estoy recobrando la esperanza. Creo que algo está cambiando en la política española. Nuestro amado líder, en un discurso que pasará a los anales de la Historia, ha dicho que “no es momento de hacer pabellones, ni autopistas, ni aeropuertos”. ¡Qué gran verdad! Yo, que sé leer entre líneas, deduzco que lo que en realidad quiere decir es que es momento de llenar esos pabellones con gente haciendo deporte para tener una vida más sana, de llenar las autopistas de coches eléctricos que no contaminen y de llenar los aeropuertos de aviones en lugar de conejos, como sucede ahora en Castellón.
Claro que, pensándolo bien, no deja de ser una forma nueva de hacer lo mismo de siempre: el problema pasarán a tenerlo los hospitales, que se quedarán sin enfermos, las gasolineras, que se quedarán sin clientes, y los conejos, que se quedarán sin poder hacer lo que sea que hagan los conejos, aparte de fornicar. ¿Y cómo coño arreglamos eso? Esperad que medite un poco… Sí, lo habéis adivinado…
¡¡¡Que se joda la clase trabajadora!!!
La rotonda
Cuando te toco no veo tus manos,
están a la altura de algún otro corazón
haciendo una rotonda.
Total, ¿para qué?
si al final hay un semáforo
y siempre está rojo.
Los antisistema
Son pocos, bien vestidos,
con la corbata justo debajo de la boca,
como una advertencia para incrédulos.
No en vano, su discurso
también está hecho de nudos
que insultan la inteligencia
de cualquier bordeline.
Suelen darle la vuelta a las cosas,
de forma que la verdad se solape
en su contraria.
Un estriptease, obsceno, de las ideas
que sólo a ellos erotiza.
Los hay de nacimiento,
pero hay más advenedizos
que creen su misión en el mundo
mejorar sus ratios de producción asistida
(ellos suelen producir tan sólo asco)
a base de joder al prójimo,
cuanto más pobre e indefenso
se encuentre mucho mejor,
añade estrellas al currículo.
Dirijen sus variados negocios
con la vara verde de la ignominia
que emplean, de muy malos modos, frente
al menor atisbo de disidencia
y cierran, prietas, sus filas bursátiles
cuando sopla el viento
de la recesión.
Agüita fresca
No se esconde el sol
por ser cobarde,
ni la luna sale por las noches
sin vergüenza.
Cada cual tiene su sino
su verdad y su cadencia.
Entre sábanas de hilo
tu candor tuvo paciencia
de guardar besos robados
para hacerte una merienda.
Si tú levantas la mano
del perdón que yo merezca,
¿no me lavo yo la cara,
también, cada mañana
con agüita fresca?
Bienaventurados los inútiles, porque ellos gobernarán la Tierra
por Sam Weller
Capítulo 1: Jefes
¡Ah, los directivos, esa fuente inagotable de sabiduría! Cualquiera que tenga la suerte de seguir trabajando y lo haga en una empresa de tamaño medio/grande, sabrá de qué estoy hablando: una casta privilegiada y variopinta de individuos, cuya función principal consiste en provocar el mayor número posible de problemas y, a la vez, encontrar siempre la forma de culpar a otro por los destrozos causados.
Los hay de todo tipo: Director General, Director de Planta, Director Regional, Director de Producto, Director de Marketing, Director de Recursos Humanos (curioso eufemismo para referirse a alguien que no tiene nada de humano y sólo cuenta con el despido como único recurso), Director de Asuntos Sin Importancia, Inspector del Agua Caliente… Cada cual puede añadir a la lista sus ejemplos particulares, pero básicamente acabaremos encontrando una serie de elementos comunes en todos ellos: su sueldo, cuando menos, triplica el de cualquier trabajador de a pie, su productividad es inversamente proporcional a lo que ganan, y son los que menos posibilidades tienen de irse a la calle cuando las cosas empiezan a ir mal. Según mi propia experiencia, resultaría más provechoso estar a las órdenes de una colonia de chimpancés, que de aquellos a los que debemos rendir cuentas un día sí y otro también. Si cualquiera de ellos intentase probar suerte en el mercado laboral de Laponia, como sugería recientemente un miembro de la CEOE, no podría aspirar a algo más que a tirar de un trineo ó servir de cebo para la pesca.
Puede que alguno esté ahora mismo torciendo el gesto y pensando que no soy más que un puñetero radical resentido, sin respeto a la autoridad, que sólo tiene ganas de incendiar las mentes pacíficas. Si es así, puede que tenga razón (de hecho, la tiene), pero le recomiendo entonces que no siga leyendo y dedique su tiempo a tareas más gratificantes como limpiar la cera de los oídos ó pasar a DVD todos los videos de “La casa de la pradera”.
Para aquellos que aún no han pulsado el botón de retroceso, quizá deberíamos plantearnos una pregunta: ¿Cómo se puede haber llegado a tal situación en este país?
Se admiten sugerencias, pero lo más probable es que todo se deba a una interpretación errónea de las teorías de Darwin. Donde el naturalista hablaba de “la pervivencia de los más aptos”, alguien lo tradujo (seguramente algún Director de Traducción) como “la pervivencia de los más ineptos” (al fin y al cabo, las cuatro últimas letras coinciden), y a partir de esa confusión se armó el cisco que ahora sufrimos: todos los cargos importantes están copados por cenutrios con un cociente intelectual inferior a la media.
Claro que, si uno lo piensa detenidamente, la cosa tiene su lógica: vamos a suponer por un momento que yo soy un ejecutivo en una empresa y tengo que promocionar a alguno de mis subordinados para un puesto inmediatamente inferior al mío. ¿Creéis que voy a ascender a una persona brillante, con ideas, dotes de organización y capacidad para resolver lo que se le ponga por delante? ¿Para qué? ¿Para que me quite el puesto en tres meses? Ni hablar. Soy un directivo y por definición soy tonto del culo, pero no hasta ese extremo. Prefiero favorecer a un cantamañanas que no va a amenazar mi plácida existencia alterando el statu quo, y además, en caso de apuro, puede servir perfectamente como chivo expiatorio.
Ahora, multiplicad esta situación por todos los departamentos de una empresa y, luego, multiplicad el resultado por todas las empresas del país. ¿Qué resultado os sale? A mí me sale que hay unos cuantos cientos de miles de personas (cada vez menos, eso sí) obedeciendo a diario a un puñado de cretinos. Si a alguno le sale otro resultado, que revise las operaciones, porque seguro que se ha confundido en algún paso (maldita LOGSE…).
La ocasión la pintan calva
A veces las cosas son, exactamente,
al revés de como piensas…
Aquella ocasión, bien presentada,
con pinta de bola de billar
(por la calvicie),
se vuelve contra ti, la muy aviesa,
y te deja con el culo al aire,
soportando carcajadas
de algún necio y algarada general
en las plateas.
El pañuelo
Estás tan buena que das calambre,
comería hasta en tu propio fregadero.
Yo, que no soy de pasar hambre,
pasaría por el aro de tu pelo
encendido como estaba la mañana
en que diste por perdido tu pañuelo.



